Economía

La empresa social, nueva oportunidad para los profesionales sociales

La empresa social es ese otro nuevo actor donde los profesionales de lo social debemos fijarnos.

Si cuando acabé la carrera alguien me hubiera dicho que terminaría trabajando en una empresa privada, difícilmente le habría creído. Cuando uno estudia o se prepara para una profesión con el apellido “social”, casi todas las ideas de un trabajo futuro se dirigen por supuesto a la administración pública, el resto de ideas, se dividirán entre trabajar en asociaciones o en organizaciones no gubernamentales. Sin embargo, parece que la línea que marcaba tanta diferencia entre dichos tipos de organizaciones o entidades, cada día es algo más difusa.

Evidentemente, esas opciones no son para nada desdeñables, pero viéndolo todo con cierta perspectiva, me planteo lo necesario que habría sido que, a las personas que nos queríamos dedicar a la educación o el trabajo social, nos hubieran hablado de las empresas sociales durante nuestro periodo de formación, e incluso, por qué no, de haber tenido opción de realizar las prácticas curriculares en ellas.

Quizás la razón por la que a los profesionales del sector social nos chirría el término empresa es por la visión clásica y fundamentalmente capitalista que, incluso actualmente, predomina en los mercados, a pesar del crecimiento de la inversión en Responsabilidad Social Corporativa (RSC). Las empresas privadas tuvieron como mayor auge el periodo de la Primera Revolución Industrial, tratándose de entidades para la organización de unos recursos de producción limitados, con el objetivo de obtener el mayor rendimiento del proceso o, lo que es lo mismo, maximizar el beneficio económico. Todo ello bajo el paraguas teórico de la famosa mano invisible de Adam Smith, que defendía que a través de una actuación “egoísta” (en el sentido de que cada uno defendería sus intereses únicamente) y en un entorno de libre mercado, se llegaría a un equilibrio para la sociedad.

Un par de siglos más tarde, hemos comprobado las limitaciones de una visión tan individualista de la función de una entidad tan importante en nuestras sociedades como es la empresa. Sin embargo, como indicaba nuestro compañero Juanjo hace unos meses, podemos extraer elementos positivos de la empresa tradicional y aplicarlos de una forma diferente, más social. Según Bruno Defelippe (fundador de la primera B corporation de Paraguay), la empresa social no pretende sustituir a la empresa tradicional, sino traer a primer plano la existencia de otras necesidades iguales o más importantes que la viabilidad económica y sumar fuerzas al sector público para la defensa del bien o interés común. A pesar de la juventud de la empresa social, podemos determinar tres generaciones diferenciadas en las que enmarcarlas:

  1. Primera generación: en la que se engloban las políticas privadas de RSC. Las empresas empiezan a tomar conciencia de que al recibir de la sociedad y legitimar su existencia, también deben devolver parte de lo “prestado” y valorar su impacto social y medioambiental.
  2. Segunda generación: serían las denominadas B corporation, que incorporan de forma integral y transversal en sus estructuras, valores y objetivos de impacto social positivo, sin olvidar la viabilidad económica de la organización. Entre otros valores, el “ser el cambio que queremos ver en el mundo”, y la importancia de la comunidad y el medioambiente son el norte para este tipo de empresas.
  3. Tercera generación: que toman como referencia el Banco Grameen de Muhammad Yunus, galardonado con el premio Nobel de la Paz, precursor de los “microcréditos”, posibilitando el crecimiento e inversión en los países y comunidades en vías de desarrollo más pobres del planeta. Básicamente, se tratan de empresas o instituciones que nacen exclusivamente para la resolución de problemas sociales, pero dentro de las normas del mercado actual.

Personalmente no estoy del todo de acuerdo con la diferenciación en generaciones de las empresas que podemos englobar en el “sector social” ya que, bajo mi punto de vista, suponen categorías excluyentes en una línea continua. Al igual que hemos dicho que las empresas sociales no han nacido para sustituir a las tradicionales, las distintas formas de canalizar los nuevos objetivos deben ser compatibles y complementarias si realmente se quiere luchar por un sistema económico y social más justo y equilibrado. De hecho, en AlmaNatura somos buen ejemplo de ello, ya que podríamos perfectamente encontrarnos en un continuo movimiento entre las tres generaciones explicadas. Por un lado, colaboramos con grandes empresas que quieren llevar a cabo sus políticas de RSC, por otro lado, somos Empresa BCorp, por lo que impactar social y positivamente en todas nuestras acciones es nuestra manera de estar en el mundo; pero además, existimos por una causa, para resolver un problema social como es la despoblación del medio rural.

La revalorización del profesional social

Volviendo al planteamiento inicial, creo firmemente que, al incorporar estas nuevas líneas y filosofías organizacionales, se deben requerir nuevos profesionales que sean capaces de aunar esas dos visiones de la empresa como actor social, la viabilidad económica y el impacto sobre la sociedad y el medio ambiente. Asimismo, esto abre un campo de actuación mucho más amplio y rico en los que los y las profesionales de “lo social” podemos aportar nuestra experiencia y conocimiento en la misión y visión de esas nuevas entidades. De hecho, hablando desde el punto de vista de un educador social que ha trabajado tanto en la Administración Pública como en la empresa social, creo firmemente que ambas figuras juegan un papel fundamental en la solución de problemas que afectan a nuestra sociedad. Sin embargo, mientras que la Administración aborda esas problemáticas desde un punto de vista paliativo y compensatorio; la empresa social pone énfasis en la innovación como herramienta para buscar soluciones a problemas concretos y crear un impacto real positivo en las comunidades más cercanas. Además, en un mundo cambiante y globalizado como el actual, la flexibilidad y adaptabilidad que aporta una empresa social, da respuestas mucho más precisas y ayuda a revalorizar profesiones como la que ejerzo.

Encuentro además especialmente destacable los fines de uno y otro sector. Mientras la Administración Pública tiene como objetivo la defensa del interés general, y ha sido al fin y al cabo creada para ello, la empresa social tiene un componente extra que hace que me resulte más atrayente. Cuando ésta aparece, lo hace incorporando ciertos valores de manera voluntaria en sus planes estratégicos; valores que, al fin y al cabo, se encuentran en la línea de las profesiones sociales.

La perspectiva de los y las profesionales de “lo social”, pueden ser el puente entre estos dos enfoques y que ayuden a canalizar y aunar los esfuerzos de empresas y administración, para así conseguir un mayor impacto en la sociedad en la que vivimos.

Como dijo Nelson Mandela, “luchar contra la pobreza no es un asunto de caridad, sino de justicia” y es que, al fin y al cabo, todos somos responsables de hacer este mundo un lugar mejor y sostenible para futuras generaciones.

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Comentarios

Joserra Ponce dice:

Muy buen artículo, y es que la verdad que si la crisis económica en nuestro país nos ha dejado alguna reflexión sería el cambio de tornas en la defensa de los problemas sociales. Ahora mismo, tras rescates bancarios, privatizaciones de servicios públicos y políticas de austeridad no nos queda muy claro si realmente la Administración Pública sigue defendiendo el interés general o no. Ese nuevo papel de la Administración ha sido el nicho de mercado menos explotado o la necesidad no cubierta en la que están brotando las empresas sociales. Enhorabuena.

Existimos no para desbancar a nadie pero si para velar por el corresponsabilidad de que cada uno/a cumpla su parte del trato. Como dice un amigo, si cada vecino barriese una parte de acera las calles estarían relucientes. Muchas gracias por tu aportación Joserra. ;D

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