Sociedad

Ruralidad y feminismo, un punto de encuentro necesario

El mundo rural debe abrirse a nuevos movimientos que empoderen a su población, como es el caso del feminismo.

Aunque ya hace tiempo que teoricé un poco sobre los beneficios que puede traer el feminismo a las zonas rurales, hoy quiero dar una pequeña vuelta de tuerca y definir unas bases sobre las que podríamos empezar a pensar en un nuevo feminismo, uno en el que las mujeres rurales se sientan cómodas y asuman como propio.

Para quien tenga unas nociones básicas sobre qué es el feminismo, sabrá que se trata de un movimiento vivo, en constante construcción-deconstrucción, proceso que además se va realizando a partir de las propias experiencias de vida de las mujeres. Esto hace que no podamos hablar tan solo de feminismo como un movimiento singular, sino de feminismos. La desigualdad que sufren las mujeres de todo el mundo es evidente, pero lógicamente no es lo mismo en España ser mujer joven, universitaria y blanca, que mujer de mediana edad, trabajadora e inmigrante, o mujer mayor, sin estudios y que vive en un contexto rural. Estas tres mujeres tienen características comunes, evidentemente, pero sus necesidades y reivindicaciones inevitablemente serán diferentes, es por eso que hablamos de feminismos, porque la emancipación de las mujeres debe pensarse desde las vivencias y necesidades de cada una de ellas.

En las áreas rurales, nos encontramos principalmente con un terreno hostil para igualdad real entre hombres y mujeres. No es necesario pensar mucho para darse cuenta cómo los roles y estereotipos más tradicionales de la sociedad patriarcal, se encuentran más arraigados en los pueblos pequeños, donde además la media de edad de sus habitantes sobrepasa los 55 años, lo que dificulta más aún la apertura a nuevas formas de pensar y vivir.

¿Cómo comenzar a pensar en un feminismo de mujeres rurales?

No está todo perdido para las mujeres rurales, pues precisamente esta situación deja un abanico totalmente abierto de posibilidades en las que enmarcar un nuevo feminismo, que tenga en cuenta sus realidades y sus necesidades, que revierta la tendencia a la masculinización de los pueblos pequeños (según el último Padrón municipal de habitantes, cuanto más pequeño es el pueblo, menor proporción de mujeres), y que haga de las zonas rurales un verdadero ejemplo de convivencia y promoción de la igualdad. Para ello, permitidme el atrevimiento de plantar unas bases sobre las que comenzar a trabajar por un feminismo rural:

  • Reclamar espacios: Cuando la tradición y hábitos patriarcales mandan, vemos como la diferenciación de lo público y lo privado, va estrechamente unido al hecho de ser hombre o mujer. Es necesaria la creación de nuevos espacios en los que las mujeres puedan intervenir, así como la apertura de los ya existentes. Precisamente aquí, es sumamente importante el asociacionismo de las mujeres, pues es gracias a la unión entre ellas, que podrán tomar parte de la vida del pueblo; donde podrán además ser protagonistas de la misma.
  • Trabajar el campo propio: El trabajo agrícola, así como el de cuidados y en el hogar, que realizan las mujeres, no es ni valorado socialmente ni económicamente, y sólo se considera una ayuda puntual al trabajo del campo de la familia. Por ejemplo, en la última Encuesta sobre la Estructura de las Explotaciones Agrícolas (INE), de las titularidades de explotaciones, el 28,81% estaban a nombre de mujeres, y en el 18,81% de las explotaciones la jefa era una mujer. Sólo a través de las políticas mal llamadas de “discriminación positiva” (como mayores subvenciones a mujeres que trabajen el campo), ha aumentado ligeramente el número de mujeres titulares, pero lo que es más destacable, el número de jefas se ha mantenido. Esto nos muestra que, incluso en este contexto, se sigue manteniendo a la mujer como una ayuda, como un medio a través del cual conseguir un fin, sin darle realmente voz ni voto en las decisiones. Hace falta que la mujer sepa que puede gestionar sus tierras, que pueda trabajarlas como la que más y que va a conseguir rédito propio de ello, de su esfuerzo, y que no va a quedar relegada a un segundo plano.
  • Eliminar roles y estereotipos: La sociedad patriarcal se mantiene porque existen un sinfín de constructos sociales que hacen que permanezca. Estos son los roles y estereotipos a través de los que vemos y sentimos nuestras vidas, creamos nuestra identidad, etc. El problema está en que esos constructos son los responsables de la desigualdad, y su arraigo en áreas rurales es mucho mayor. Crear un feminismo rural debe partir de una rotura previa de los esquemas que tenemos, mujeres y hombres del mundo rural, sobre lo que pensamos que “debe ser” lo que nos rodea, y abrir la mirada hacia que cada persona sienta, sea y piensa como “quiera ser”.
  • Crear comunidad: Si hay algo por lo que destaca el mundo rural, es por el arraigo y el sentimiento comunitario tan fuerte que suele tener entre sus habitantes. Poner en marcha un feminismo rural, tiene que partir de la propia comunidad, de la unión de las mujeres del lugar por un cambio. Poner en valor los saberes, conocimientos, oficios tradicionales, es una manera de mantener vivo el mundo rural, y las mujeres tienen un papel más que importante en la transmisión de los mismos. Un feminismo rural, construido en igualdad de condiciones entre todas las mujeres, será un ejemplo de sororidad, una red de apoyo mutuo que fomente el empoderamiento de todas las mujeres rurales, se sientan o no feministas.

Un movimiento para todas las personas

Como comentaba hace unos cuantos párrafos, al fin y al cabo el feminismo ha de crearse partiendo de las propias experiencias de las mujeres y más en entornos más pequeños y personales como son los contextos rurales, donde es cierto que el individuo se resguarda en mayor medida en roles y comunidades cerradas y algo más reticentes al cambio pero que reflexionando sobre una perspectiva optimista, la mayor importancia de la persona como actor en su comunidad le da un papel privilegiado como agente de cambio. Sin embargo, y hablando como miembro de la otra mitad de la población, no nos quita responsabilidad sobre la lucha por la igualdad tanto de una forma pasiva, a través de la empatía y el reconocimiento de las desigualdades existentes por el hecho de ser mujer en un entorno rural, sino también como actores que deben facilitar y pedir el cambio hacia una sociedad más justa e igualitaria.

Que el feminismo llegue a las zonas rurales, ayudará a que los pueblos no desaparezcan. Como mostré antes, lo rural está masculinizado; las mujeres se están yendo, y necesitamos convertir el mundo rural en un lugar cómodo, seguro, y apetecible para ellas. Un lugar donde tengan el control de su propia vida y la libertad para dirigirla como quiera, pues sólo así conseguiremos refeminizar nuestros pueblos y conservarlos. Así que, si os preguntáis por qué necesitamos un feminismo rural, os respondería que porque necesitamos que las mujeres vuelvan a los pueblos, se queden en ellos, y hagan de los mismos un lugar mejor.

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