Economía, Sociedad

Economía feminista

Con el objetivo de otorgar importancia a los hogares y al trabajo reproductivo, la economía feminista busca alternativas de indicadores de bienestar.

Hace ya unos meses, os hablé brevemente de feminismo y las aportaciones que, este movimiento, puede traer al mundo rural; y también mis compañeros y compañeras de AlmaNatura han escrito mucho sobre economía, especialmente aquellas tendencias más disruptivas del sistema en el que vivimos, como por ejemplo la circular, la social o la colaborativa. Hoy me atrevo a añadir unas pinceladas básicas de una corriente más, en la que aúno ambos temas: economía feminista.

Un estudio realizado el año pasado a nivel mundial, reflejaba lo que todos nos imaginábamos: las mujeres trabajan más horas que los hombres. En cambio, en dicho estudio se han contabilizado también las horas de trabajo doméstico y no remunerado, por lo que nos encontramos con que, a pesar de trabajar más tiempo (algo más de un mes más por año trabajado que un hombre), su participación en el mercado laboral es menor e ingresan retribuciones inferiores a las de sus compañeros. El modelo económico en el que vivimos, no tiene en cuenta las actividades que se realizan fuera del mercado, como por ejemplo la crianza de los menores de la familia, el cuidado de las personas dependientes, o el mantenimiento del hogar familiar; actividades tradicionalmente enmarcadas dentro del llamado trabajo reproductivo.

Además, el crecimiento económico supone ser la única meta del modelo actual, midiéndose ésta tan sólo por indicadores como el PIB, que sólo expresa el valor monetario de la producción del país, dejando de lado no sólo parte de la economía sumergida, sino también el impacto y el efecto que la producción ha realizado en el país.

¿Qué es la economía feminista?

Con el objetivo de dar una vuelta de tuerca a las dos características señaladas anteriormente, nace la economía feminista. Se trata de una corriente crítica del modelo hegemónico actual. Sus pilares básicos son: por un lado otorgar importancia a los hogares y al trabajo reproductivo, donde también se producen bienes y servicios pero que no son remunerados o susceptibles de valoración económica; y por otro lado, busca y ofrece alternativas de indicadores de bienestar diferentes al PIB.

Los hogares, son también lugares en los que se producen bienes y servicios, trabajos domésticos y de cuidados que son esenciales para la población, pero a su vez se encuentran siempre en un segundo plano. El mismo plano en el que se encuentran precisamente las principales productoras de estos trabajos, las mujeres. Nos encontramos así con que, debido a la reproducción de los roles de género tradicionales que hace que naturalicemos que son las mujeres las encargadas de todo lo relativo a la crianza y reproducción humana, éstas se encuentren en un estrato secundario, pues, en el sistema que rige el funcionamiento de la sociedad actual, toda actividad que no tenga contrapartida económica, pierde automáticamente su valor, por muy necesaria que sea para el sostenimiento de la vida.

Hace poco me encontré con un libro muy interesante y necesario para dar los primeros pasos en el tema de la economía feminista, “¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?” de Katrine Marçal; el cual recomiendo encarecidamente si tenéis interés en el tema. En él nos cuenta de manera crítica cómo ha sido la historia de la economía, principalmente de la capitalista, incidiendo principalmente en el olvido que esta ha tenido sobre las mujeres y el trabajo reproductivo.

Y es que, como bien se describe en el libro mencionado, y que es el quid de la cuestión, Adam Smith (al igual que todas y cada una de las personas), se pudo dedicar a su trabajo y pudo desarrollar su teoría económica, porque había alguien detrás que estaba realizando otro trabajo, no remunerado, pero sin el cual lo que él hacía, no podría llevarlo a cabo. Naturalmente, era una mujer la que estaba detrás de ello, su madre en este caso. Esta situación se repite día tras día, con todas y cada una de las personas que vivimos en el mundo, podemos hacer lo que hacemos, porque tenemos alguien detrás que se encarga de nuestros cuidados o se ha encargado de los mismos durante gran parte de nuestra vida.

La importancia de incluir la perspectiva de género en el desarrollo rural

¿Y por qué se me ocurre ahora hablaros de economía feminista? Por una simple razón: si no incluimos la perspectiva de género y los trabajos productivos en el centro del desarrollo, estaremos dando palos de ciego en cualquier acción que busque la igualdad y el empoderamiento de las mujeres.

Todas las personas que nos seguís, sabréis que uno de los proyectos que llevamos a cabo es GIRA Mujeres de Coca-Cola, que busca el empoderamiento e impulso de la mujer rural a través del emprendimiento, y que comenzamos ya mismo con una nueva edición. Particularmente, como uno de los Gestores del Proyecto, me suelo encontrar con un gran hándicap a la hora de buscar participación: las mujeres, a pesar de que su tasa de paro sea muy superior a la de los hombres, disponen de menos tiempo libre. Esto implica que el tiempo que dedican a ellas mismas, a su formación e incluso a la consecución de sus metas, sea siempre mucho más limitado por estar ocupado en su práctica totalidad por las tareas reproductivas y de cuidados. E incluso, si nos centramos más en la mujer rural y más particularmente las que su familia se dedica al campo, veremos como hay épocas en las que también será considerada una ayuda, como por ejemplo durante la recolección, pero difícilmente tendrán ningún tipo de contraprestación económica tampoco por ese servicio.

Con ello llegamos a un círculo vicioso del que es muy difícil salir: la mujer se encarga del trabajo reproductivo que no es remunerado, limitándose así su empleabilidad, lo que conlleva el tener dependencia económica, o lo que es lo mismo, restarle libertad. Esta situación además, termina siempre por reproducirse una y otra vez, alimentando día tras día el estereotipo de género que termina atando a la mujer de nuevo al hogar.

Conclusiones sobre economía feminista

El empoderamiento de la mujer para llegar por fin a una sociedad realmente igualitaria, ha de pasar obligatoriamente por la reestructuración del modelo económico en el que estamos inmersos, que ponga la sostenibilidad de la vida en el centro, no sólo en el sentido de las tareas reproductivas, sino en que debemos pensar qué vidas queremos y qué nivel de bienestar conseguimos (para adentrarnos un poco más en la idea de la sostenibilidad de la vida, recomiendo leer a Amaia Pérez Orozco), que tenga una perspectiva de género, y que se mida más a nivel de bienestar y satisfacción de la población, que por parámetros monetarios. Abrazando un poco más el feminismo y, en este caso, sus corrientes económicas, conseguiremos acercarnos a esa sociedad soñada.

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