Creatividad, Desarrollo Rural

El valor de la artesanía rural

Las empresas tienen que tomar conciencia del papel de las artesanías populares como fuente de riqueza y motor de empleo, ayudando a fijar la población rural.

José Navarro Pérez, conocido con el mote del “Cuchara”, descubrió su talento para tallar la madera de manera casual, como casi siempre ocurren las cosas importantes: tenía 18 años cuando su novia le pidió un “cucharro” para sacar las aceitunas de la tinaja. El muchacho, que lo que buscaba era un beso, le dijo que no tenía y ella le retó a que fabricara uno si quería su recompensa. Tardó un par de semanas en hallar un “palo” adecuado. Mientras pasaba las horas en el campo cuidando los cerdos de la familia, fue tallando una cuchara con un relieve detallista que incluía las iniciales de su nombre y el de Pilar, la que con el tiempo sería su mujer.

“He regalado muchas, muchas más de las que tengo, pero esta no”, dice orgulloso cuando me muestra el cucharón. Desde entonces no ha dejado de buscar palos de brezo en los bosques aledaños de Cortelazor para tallar piezas únicas. Cucharas y cucharitas, tenedores, morteros, majas, figuras decorativas, cazuelas, llaveros, pipas de fumar, brochas de afeitar, jarras, copas, cruces, incluso maquetas de la iglesia y el paseo de su pueblo forman parte del Museo de Artesanía Popular que lleva su nombre”.

“Sólo el necio confunde valor y precio” Francisco de Quevedo

En la salita de su casa, sentados en la mesa camilla y rodeados de fotografías, me cuenta que en el año 1997 vinieron unas gentes de Barcelona para conocer su colección y le ofrecieron cierta suma de dinero a cambio. No se lo pensó mucho. En aquel momento no quiso desprenderse de sus piezas, quizás por el mismo motivo por el que nunca ha vendido una sola cuchara. Poco después la que era entonces alcaldesa de Cortelazor, Blanca Candón, le propuso exponer aquellas piezas en una sala habilitada por el ayuntamiento y Pilar y José cedieron su colección a cambio de que esta se mantuviera en perfecto estado de conservación.

José siempre ha regalado sus piezas, nunca ha aceptado dinero a cambio de su trabajo ni ha admitido encargos. Tan solo últimamente, si algún vecino ha insistido mucho, le ha contestado: “Si me traes el palo, yo te hago la cuchara.” Mientras sus manos se lo han permitido, ha trabajado los trozos de madera de brezo con sencillas herramientas y mucho temple. Hasta hace no mucho, cuando pasabas por la Palomera, si hacía buen tiempo, era fácil encontrarlo en la puerta de su casa enredado con alguna pieza, trabajando el saber hacer y la paciencia.

El valor de lo artesanal

No es de extrañar que José se haya negado siempre a ponerle precio a su trabajo. El valor de lo artesanal, en el mundo actual, representa la exclusividad personificada frente a la masificación y la uniformidad de la sociedad de consumo. Se ha operado un cambio transcendental en nuestra sensibilidad hacia la artesanía popular: hace sólo unos años, todos estos objetos tallados formaban parte de la rutina cotidiana y la supervivencia y se fabricaban con una finalidad concreta y práctica; hoy en día, encontramos la obra del “Cuchara” en un museo o colgada en la pared del salón de un vecino, liberada ya de la mera utilidad para la que fue creada y dedicada enteramente a un goce puramente estético. De alguna manera, aunque la artesanía popular siempre ha servido en primer lugar para satisfacer unas necesidades básicas, algunos de estos objetos, fabricados con las materias primas que les ha brindado su entorno geográfico, muestran el gusto personal de sus creadores. Es la racionalización de las formas y su adecuación a la función que deben desempeñar las piezas lo que las dota de belleza y utilidad.

José el “Cuchara”, como artesano, al negarse a vender su obra, toma conciencia y se posiciona entre un tiempo y una forma de vida ya extintas y un nuevo mundo mecanizado y sistemático en el que muchos de los antiguos oficios se han perdido y, con ellos, unas formas de vida concretas, con su vocabulario y sus modos de hacer. Aunque el mal ya está hecho y los objetos fabricados en serie han venido a llenar nuestras vidas, tanto en el pueblo como en la ciudad, es ahora el momento en que las administraciones y las empresas tienen que tomar conciencia del papel que aún pueden desempeñar las artesanías populares como fuente de riqueza y motor de empleo, ayudando de esta manera a fijar la población rural en su espacio tradicional.

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